Código del oeste
Código del oeste El cercano corral era grande, y siempre, a despecho de su tamaño, había sido motivo de sorpresa para Mary por las innumerables cosas que contenía. En un ángulo había un gran montón de carros y coches desechados, aperos de labranza inservibles, automóviles inútiles y cachivaches por el estilo, todos fuera de uso. Un largo y destartalado cobertizo ocupaba por entero uno de los costados. Como a la casa, de tiempo en tiempo, le habían hecho añadiduras, el conjunto resultaba una sucesión de picos, techos irregulares, desvanes y puertas muy amplias, a través de cuyas aberturas se veían pesebres destrozados. El corral estaba atestado de polvorientos caballos, revolcándose, operación que siempre atraía la mirada de la señorita Stockwell, pues las sudorosas bestias parecían gozar enormemente al ejecutarla. Primero doblaban las patas, hasta alcanzar el suelo con el cuerpo; en seguida se acostaban de lado en el polvo y gruñían, resoplaban, se agitaban convulsivamente, rodando sobre el lomo, a derecha y a izquierda. Después, con un enérgico esfuerzo y un fuerte resoplido, poníanse en pie, sacudiéndose con violencia y despidiendo de la piel una nube de polvo. Terminado ese ejercicio, encaminábanse en línea recta al portal, para ir en busca del verde y fresco pasto que daba su nombre al valle.