Código del oeste

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La señorita Stockwell encontró reunido a todo el personal de la hacienda: nueve mozos en total, agrupados delante de una de las puertas del cobertizo. La joven sentía en ese momento la singular impresión de que aquéllos jóvenes campesinos del Oeste le resultaban más importantes y apreciables que nunca.

Así, en grupo, todos aquellos mocetones se parecían mucho entre sí. Era menester fijarse en uno de ellos en particular y observarlo individualmente para advertir en qué difería de sus camaradas. Todos eran altos, delgados, fuertes, con vigorosa musculatura, caderas poco salientes y piernas ligeramente arqueadas por el constante ejercicio de la equitación. Si la Naturaleza les había dado distinto color de tez a unos que a otros era imposible saberlo entonces, porque todos tenían el rostro ennegrecido por la suciedad formada por el polvo y el sudor. Llevaban enormes sombreros, negros en su mayoría, algunos grises, y todos viejos, de alas gachas, y mugrientos. Predominaba el azul en el color de la ropa. Más de uno había desechado los zahones para vestir pantalones de la clase corriente, embutidos por abajo en altas botas de montar, con grandes tacones, brillantes y gastadas por el uso y armadas de largas espuelas con enormes rodajas.



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