Código del oeste
Código del oeste Respondieron al saludo de la señorita Stockwell con el lento y arrastrado lenguaje típico de Texas, cuya enunciación y vocabulario tan peculiares le placía escuchar a la maestra.
—Muchachos —les dijo—, necesito que me hagan un favor especial.
Enoch Thurman se destacó del grupo. Era el jefe del clan, de elevada estatura, membrudo y simpático, su sola presencia bastaba para fascinar a la joven.
—Bueno, señorita Mary —le contestó arrastrando las sílabas, como de costumbre—. Si se trata de acompañarla al baile, ya sabe que me tiene a sus órdenes. —Poseía unos ojos extraordinariamente claros, ligeramente grises, cuya penetrante mirada estaba en ese momento suavizada por un guiño amistoso. Una sonrisa, además, alteraba la rigidez de su rostro, enjuto y atezado.
La señorita Stockwell, al oír tal respuesta, pensó que desde que llegara Georgiana tendría que concurrir a los bailes. La perspectiva era alarmante. Las pocas funciones de esa clase, en las cuales había participado, la habían dejado casi incapaz de atender a sus discípulos al día siguiente. Porque aquellos mozos la habían tenido danzando sin parar, desde el anochecer hasta después de amanecido.
—Acepto su invitación, Enoch, pero no es ése el favor a que me refería —dijo con una sonrisa.