Código del oeste

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—Tuck, nunca serán amigos suyos de verdad hasta después de que los zurre. Déjelo de mi cuenta. Por de pronto, atienda al trabajo que le encomienden, y pórtese… como se portó delante de Bloom… ¡oh, qué gracia me hizo aquello! Y cuando yo le haga un guiño, trátelos como a él.

—De acuerdo. Y mañana mismo empezaremos sus lecciones de boxeo.

—Eso me viene de perilla —respondió Cal, aunque sin su anterior entusiasmo.

—Compadre, ¿se le ha acabado la gasolina?, —averiguó Merry, en tono bondadoso.

—Creo que, por el momento, sí. El día ha sido muy duro para mí.

—Pero, amigo, usted les ganó espléndidamente el lance a esos gansos. Esa chica, Georgiana, es una maravilla. ¿No piensa usted igual?

—Tuck, si le he de ser franco, no sé lo que pienso —repuso Cal agachando la cabeza.

—Compadre, ya vi que caía usted —continuó Merry seriamente—. También me impresionó a mí. Y a Wess, y a su cuadrilla. Del mismo modo mareará a cuantos lleven pantalones. Estas niñas modernas conocen bien el procedimiento. Yo tengo una hermana muy parecida a Georgiana. ¡Linda chiquilla! Ya le contaré. Pero no esta noche. También yo me siento un poco cansado. Vamos a sumergirnos en el seno de nuestras hamacas.


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