Código del oeste
Código del oeste —Tuck —le dijo—, aquà tendrá que vivir hasta que le preparemos otro sitio.
—Encantado y agradecido repuso Tuck.
—Compadre, ruego a Dios que nunca me despierte de este sueño. ¿Vio como me atracaba en la mesa? ¡Y hay quien se queja de su suerte! Lo que es la mÃa, no puede ser mejor. Cal, me gusta mucho su gente. Su padre me ha causado una impresión favorabilÃsima. ¡Cómo le tomaba el pelo a Wess! Es curioso. Ustedes, los habitantes del Tonto, parece que gozan extraordinariamente con los chistes y bromas.
—Temo que algunas veces vamos demasiado lejos —replicó Cal.
—Puede que sÃ. Y supongo que en materia de peleas procederán lo mismo, ¿no es cierto?
—¡¿Peleas?! Bueno, Tuck, el pelearse entre nosotros es casi tan común como el montar a caballo. Pero la mayorÃa de nuestras grescas tienen más de diversión que de otra cosa… por lo menos, entre los individuos de nuestro propio equipo.
—Y yo voy a ser ahora uno de ellos, ¿eh?
¡Naturalmente! Padre está contentÃsimo de que le haya traÃdo. Y, oiga, Tuck, cuando le vea zurrar a unos cuantos de estos vaqueros presumidos… ¡Alalá!
—Compadre, con todo el debido respeto por sus buenos deseos, me agradarÃa hacerme primero amigo de los muchachos.