Código del oeste
Código del oeste No era tan extraordinario, al fin y al cabo. Sus hermanos; sus primos y sus amigos se enamoraban a cada paso. Pero él se preciaba de ser hombre práctico, positivo, sensato. Y todo marchaba bien en su razonamiento, mientras se atenía a considerar el amor como un acontecimiento trivial de la vida diaria. Mas cuando intervenía Georgiana (con su novedad y extrañeza, su exquisita gracia y fina elegancia, su dulce y pálida cara, sus dorados rizos, sus bellos ojos azul oscuro, que miraban como ningunos otros de cuantos había visto), cuando recordaba la halagüeña proximidad en que la había tenido y cuán audazmente se la había impuesto ella… entonces, su razonamiento sufría un eclipse total. Su corazón estaba rendido. ¿De qué podían servir las débiles protestas de su inteligencia? A buen seguro, ella no era la clase de mujer a quien hubiera preferido amar. No acertaba a definir lo que fuese en realidad. Sólo que tampoco le importaba. Cada recordación de sus acciones le sumergía aún más hondamente. Estaba atemorizado, angustiado. Pero no dejaría que ella lo descubriera, y, de fijo, pronto se le pasaría aquello. Mañana, quizás. A juzgar por lo que habían sido otros furiosos enamoramientos de jóvenes del Tonto, éste no era tan terrible. Sin embargo, ¡qué humillante! ¡Amor a primera vista! Era una mezcla de raras sensaciones. Acrecía en él la conciencia de una fuerte conmoción interior, de crueles palpitaciones del corazón, de insoportable congoja en el pecho, junto con un vago deseo de abandonar todo propósito de cordura y entregarse al disfrute del sueño, arrobador, lánguido, absorbente… y, además, amargo. ¿Qué habría querido decirle cuando le habló de «aprovechar las ocasiones»? ¿Cuál sería el verdadero significado de cuanto había dicho y hecho?