Código del oeste

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Vio caballos en la dehesa —los predilectos de los vaqueros, libres de servicio ese día—. Se oían algunos mugidos del ganado vacuno que pastaba entre los matorrales. Y lentamente la iba invadiendo una grata sensación de contento, cuando su sueño fue bruscamente interrumpido.

—Mary, ¿andas por aquí esta mañana? —inquiría Georgiana con voz lánguida, desde el cuartito vecino. Este cuartito había sido una especie de pequeña barraca anexa al edificio principal. Georgiana hizo que Cal adornara las paredes con mantas indias y que recubriera el piso con pieles de ciervo, a guisa de alfombra; y en aquel reducido recinto, con los muebles más indispensables, además de los efectos de su pertenencia, se sentía feliz.

—Sí, aquí estoy, Georgie. Hace varias horas que me levanté y le he escrito a nuestra madre una carta muy larga.

—Por el amor de Dios, tráeme un vaso de agua —imploró Georgiana—. ¡Qué me hablen a mí de tener la boca como un estropajo! ¡Buenas noches! El mejunje que estos bárbaros del Tonto llaman «mula blanca» patea como un demonio.


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