Código del oeste
Código del oeste Mary tomó una decisión ese día, tanto en nombre propio como en el de Georgiana, y fue que el Oeste las retendría a ambas para siempre. En consecuencia, escribió a su madre una larga carta, contándole muchas cosas, aunque omitió cuanto pudiera causar inquietud o pesadumbre y concluyó mencionando la importante resolución tomada, en beneficio de todos, junto con la promesa de que algún día irían las dos a visitar a la familia.
Cuando hubo acabado de escribir, sentóse cerca de la ventana para mirar al campo. Su vista vagó por la verde pradera, por el huerto (salpicado del rojo de las manzanas), por los amarillentos plantíos de maíz y sorgo, y, luego, contempló las colinas que se extendían, cubiertas de rocas y maleza, hasta la escarpada serranía purpúrea, allá a lo lejos. Esta deliciosa región del Tonto la había cautivado para siempre, ya consiguiera ella, o no, ver realizada su secreta aspiración sentimental. Los hijos de los moradores de esta rústica comarca necesitaban recibir los beneficios de la instrucción. Era un país montaraz, solitario, escasamente poblado, donde sólo por algunos meses, en la primavera y el verano, podían los niños asistir a la escuela. Ella amaba su profesión de maestra, la consideraba noble y abnegada, y, si fuera necesario, sacrificaría su vida entera en aras del cumplimiento de su misión docente. Pero, además, tenía la vaga esperanza de que su sueño se trocaría algún día en hermosa realidad.