Código del oeste
Código del oeste Georgiana había venido a Green Valley como un genuino producto de su época: una muchacha superficial, egoísta, irreflexiva, despreocupada, sin alma, cuyo sólo objeto aparente era hacerse atractiva e irresistible al sexo opuesto y divertirse con él. Correr, cabalgar, danzar, flirtear… ¡ése era su concepto de pasar el tiempo a gusto! Así la supuso la señorita Stockwell durante los primeros diez días. Luego fue modificando esa idea. Georgiana no era irreflexiva, ni mala realmente. Casi parecía que se empeñara en producir la impresión de que era buena, o al menos no hacía el menor esfuerzo para que la gente pensara de otro modo. De este descubrimiento sacó Mary la esperanza de hallarle solución al problema. Para ella, lo más importante del mundo era convencerse de que su hermana —por más indómita, voluntariosa y descarada que fuese, y a despecho de la impresión de escueto naturalismo que daba— jamás había sido en realidad mala. Y en los días sucesivos, después de alcanzada esa conclusión, creyó probado, sin género de duda, que no era, ni con mucho, lo que aparentaba ser. El Oeste, con su franqueza, su naturalidad, la sencillez de su gente, la necesidad de desarrollar la fuerza física, reformaría inevitablemente el carácter de aquella mozuela, a menos que interviniera algún desastre que la obligara a regresar al Este o que la arrastrara a una desgracia irreparable.