Código del oeste

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Pero esas cosas, aparentemente tan graves al principio, pasaron a ser insignificantes ante posteriores acontecimientos. Georgiana era coqueta, picaresca, afable, juguetona, y, al parecer, inocente de toda premeditación; pero, no obstante, coqueta incorregible. Su atractivo personal y la novedad hacían de su inmoderada propensión a flirtear un asunto en sumo grado más serio que si no hubiera traído del Este la atrevida manera de vestir, la libertad de lenguaje, el desenfreno en las acciones y la fatal fascinación de una posible conquista.

La señorita Stockwell había llegado a la conclusión de que semejante manera de conducirse no llevaría a nada bueno en el Oeste. El código moral de los jóvenes del Tonto —los cuales, en su inmensa mayoría, eran mozos virilmente honrados y dignos— no aguantarían por mucho tiempo las demasías de Georgiana. Si ninguno de ellos se formalizaba, entonces acaso no ocurriera una catástrofe. Pero Mary entendía que ya uno de esos jóvenes estaba postrado ante el altar de la frívola seductora… Cal Thurman, el mejor del conjunto. Cal se había vuelto sumamente serio y formal en el transcurso de aquellas pocas semanas. ¿Adónde conduciría aquello, si persistía el desaforado flirteo?



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