Código del oeste
Código del oeste La señorita Stockwell reflexionó un momento, mientras contemplaba a su rebelde hermanita. ComprendÃa al fin que era de todo punto imposible guiar a Georgiana oponiéndose a sus caprichos. Tal oposición conducirÃa a un desastre, habrÃa que encontrar otro medio de influir sobre ella, si tal cosa era posible.
—No, querida, ni te «ataco» ahora, como tú dices, ni me propongo hacerlo en lo sucesivo —dijo bondadosamente—. Pero como hemos de vivir juntas, considero deber mÃo el velar por ti, hasta que te pongas bien y fuerte. ¿No te parece razonable que hablemos… que procuremos entender nuestros respectivos puntos de vista?
—Seguro que sÃ. Por lo menos, trataré de entenderte. Pero no olvides que soy una chiquilla… y que voy a darme todo el gusto que pueda, o morir. No se es joven más que una vez. ¿Me comprendes?
—Creo que sà —contestó Mary pesando las palabras—. Es la juventud. Yo también, cuando tenÃa diecisiete años, pensaba de modo análogo, o, por lo menos, lo que entonces sentÃa me capacita para darme cuenta de tus ideas. Pero tu actitud frente a la vida es una exageración de las ideas y de los impulsos normales. Y tú no eres tonta, Georgie.
—No; y precisamente porque no lo soy es por lo que me rÃo de todas las pamplinas antiguas —replicó la muchacha.