Código del oeste
Código del oeste —Simplemente como el abecé, hermanita de mi vida —respondió Georgiana con una radiante sonrisa—. Soy demasiado avisada para andar sola con Hatfield lejos de donde haya gente. ¡Ni por una apuesta! En eso no le tengo el menor miedo al muy bruto. He visto que Tuck Merry le hacÃa recular una vez, y estoy convencida de que yo puedo hacer otro tanto. Pero, en obsequio tuyo, Mary, no correré el albur.
—Georgie, eres extraordinariamente considerada —respondió Mary, tratando de disimular la sorpresa y el enojo que le producÃa aquella pizpireta. Al mismo tiempo, se hubiera reÃdo de tan descarado atrevimiento. ¡Cómo desechaba los riesgos Georgiana! Ciertamente no era tonta, fuera cual fuese su debilidad.
—Hay otros hombres como Hatfield —continuó Mary—. Porque los Thurman lo detestan, está ése más en evidencia que los demás. Pero hay otros varios como él. Ya los irás encontrando.
—SÃ. He dado con un par de ellos, y en seguida les tomé la medida, créeme —repuso Georgiana en tono complaciente.