Código del oeste
Código del oeste —Ahora no estoy jugando. Hablo con toda formalidad —manifestó Georgiana acaloradamente—. Tomo el asunto a pecho, y me gustarÃa saber quién va a impedirme que continúe conduciéndome a mi antojo.
—No he querido decir eso. El juego acabará por sà solo. Tú no comprendes a estos muchachos nada mejor de lo que ellos te comprenden a ti. Hablando con absoluta franqueza… te creen una cualquiera, fácil, dispuesta a tolerar todos los atrevimientos.
—¡Idiotas! —protestó Georgiana echando fuego por los ojos.
—¡Imbéciles pataslargas, montunos indecentes!
—No los insultes. La culpa es tuya. Yo sé lo que cree la mayorÃa y presiento graves dificultades en lo futuro. La crisis se producirá cuando uno de estos rudos vaqueros se enamore de veras. Y eso llegará, si es que no ha llegado.
—Sà que ha llegado, hermana —contestó la muchacha con displicencia—. Tu favorito, Cal Thurman, ha perdido la cabeza. Me rogó… hace nada más que tres dÃas… que me casara con él.
—¡Oh, Georgie, eso es terrible! —declaró Mary sinceramente apenada—. Es precisamente lo que estaba temiendo.