Código del oeste

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—¡Bah! Mi negativa le hará bien —repuso prestamente la otra—. Necesita un buen correctivo… Cal, al principio, era un encanto. Me gustaba mucho, hasta que empezó a formalizarse, a querer mandar y a tener celos. Entonces, ¡buenas noches!

—Georgiana, me maravillo de tu vanidad y estupidez. Ahí tienes un joven bueno y honrado, con el cual no puedes tontear. Al pedirte que te casaras con él te ha demostrado su nobleza y seriedad. Me avergüenzo de ti. —¿Por qué, mujer de Dios? Yo no le quiero para marido.

—Pero ¿no te has divertido con él, lo mismo que con los otros? —continuó Mary con acento severo—. ¡Oh, te he visto flirtear con él de una manera… ultrajante!

Georgiana no fue capaz de sostener la desdeñosa e indignada mirada que su hermana le dirigió. Por un momento, bajó los ojos.

—Mary, chocamos desde el principio de la cosa —admitió—. Como hay Dios, el chico era el que más me gustaba… y me gusta aún, si te he de ser franca, pero me ponía enferma.

—¿Cómo? —preguntó Mary vivamente.


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