Código del oeste

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—¡Vaya!, pues no dejándome vivir con tanto fastidiarme respecto a los otros muchachos… y a mis trajes… y especialmente, a que llevo bajas las medias. La última vez que me sermoneó sobre ellas, puse los pies en una cerca y me las arrollé para abajo hasta que no pude bajármelas más, allí mismo, en sus propias narices…

—¡Bondad divina! ¡Qué endiablada chiquilla…! ¿Y qué hizo Cal entonces?

—Largarse en seguida, furioso como un demonio —contestó Georgiana visiblemente satisfecha al recordar la hazaña—. Y desde esa hecha no ha vuelto a acercárseme. Anoche lo vi con ganas de mosconear de nuevo, pero lo del «titubeo» le sacó otra vez de sus casillas. Uno de estos días le pondré buena cara, y vendrá a pegárseme a las faldas, manso como un corderito.

—Georgiana, ese chico es excelente, amable, varonil. Demasiado bueno para ti. No puedes ver su grandeza. Estás demasiado obstinada en tu actitud… tu necia, sentimental, vana obsesión de dominar a los hombres y sobrepujarlos.

—Bueno, a ése lo tengo vuelto tarumba sin ningún género de duda, y como no cambie de tono, seguiré en mis trece.

—¿Por qué eres tan vengativa? ¿Por qué te ensañas con Cal?


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