Código del oeste

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—Ya te lo dije. Él se imaginó que iba a poder gobernarme —repuso Georgiana refunfuñando, y con indicios de recordar cosas pasadas. Algo había en esos recuerdos que la irritaba. La perspicaz intuición de Mary descubrió una sutil posibilidad, que la hizo estremecer. La extraña actitud de Georgiana para con Cal debía tener su origen en el temor de que realmente la muchacha se interesara por su enamorado más de lo que le placía admitir, y su veleidoso y dominador carácter le impedía tolerar tal flaqueza.

—Georgie, piensa bien en cuanto te he dicho —concluyó Mary levantándose—. Yo no tengo el propósito de regañarte ni de molestarte en modo alguno. Te quiero entrañablemente, y sólo busco tu felicidad. No puedes seguir con esa conducta tan… provocativa. Aquí, en este primitivo país, no te conducirá a nada bueno. Te acarreará desgracia. Esos mozos son toscos, selváticos, amigos de divertirse y de pelear, y por su peculiar condición, te parecen inmensamente interesantes. Pero no entiendes el íntimo vigor de su naturaleza, la fuerza oculta que les anima. Te aseguro que en el fondo todos ellos tienen cierto salvajismo, cierta agresividad, nacida del rústico ambiente en que viven, y que por herencia les hace ser impetuosos, fieros, despiadados, como todos los hombres en estado natural. Y, por añadidura, poseen un código de honor que ninguna mujer puede arriesgarse a quebrantar.


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