Código del oeste
Código del oeste La señorita Stockwell se esforzó lealmente por dominar las dudas que la asaltaban respecto al beneficio que hubiera podido resultar de su franca conversación con Georgina. En su fuero interno se sentía reconfortada por haber cumplido con su deber, a pesar de que el único efecto visible obtenido hasta entonces era que aquella rara y materialista muchacha se mostrara más apegada que nunca a sus audaces prácticas de joven ultramoderna, con el aditamento de que su vanidad había sido excitada. ¡Ay del pobre Cal Thurman! Mary Stockwell tenía el presentimiento de que ocurriría alguna calamidad.
El domingo era día de visita para los Thurman: todos los individuos de la familia habían salido, a casa de parientes, dejando a la maestra y su hermana el cuidado de prepararse sus comidas. En ocasiones anteriores, esa tarea había pesado por completo sobre Mary. Esta vez, sin embargo, Georgiana se dejó llevar de uno de sus caprichos, e insistió en atender a la cocina. Para ello, púsose un lindo delantal blanco, adornado con cintas, y comenzó a trajinar, no sin antes decirle a Mary:
—Hermanita, siempre es bueno emperifollarse un poco en lugares extraños como éste. Alguien pudiera venir de improviso. Eso es lo acertado, y te lo comunico para tu gobierno.