Código del oeste
Código del oeste —Georgie, ¿te has puesto el delantal porque vas a trabajar en los quehaceres domésticos o has querido encargarte de esos quehaceres para lucir tu delantal? —inquirió Mary blandamente.
—Ya estás otra vez con el martillo en la mano —repuso Georgiana en tono alegre—. Me propones un acertijo demasiado difÃcil de resolver, Mary. Pero que te conste que nada en el mundo me inducirá a trabajar, ni con delantal ni sin él.
Media hora más tarde, Mary tuvo que reconocer que la enseñanza recibida de su hermana en ciencias domésticas no habÃa sido totalmente desperdiciada.
—Georgie, tú podrÃas ser una excelente ama de casa, y hacer feliz a tu marido, a pesar de todo —comentó Mary.
—Mi hermanita querida, escucha esto —replicó Georgiana—: me considero mil veces más capaz de ser una esposa insuperable, que si fuera del tipo de esas mujercitas al estilo antiguo, de doble cara, melosas, gatitas zalameras, tejedoras de crochet[3]… tal como me preferirÃas tú.
—¡Ah! ¿De modo que condesciendes hasta imaginar que puedes llegar a casarte algún dÃa?, —rió Mary, a quien siempre divertÃan las diferentes fases de Georgiana.
—No veo cómo pueda una muchacha tener hogar propio e hijos sin un marido —protestó la aludida.