Código del oeste

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En ese momento resonó afuera, en el duro camino, el agudo clop-clop producido por los cascos de un caballo que se acercaba trotando.

—Ése es Cal —exclamó Georgiana rápidamente—. ¿Qué será lo que le ha hecho regresar tan temprano?

—Tú, probablemente —respondió Mary con sequedad.

—¿Yo? ¡Nitos! Andamos de hocicos. ¡Huy!… Si viene por acá, verá la mesa puesta, y tendré que invitarle a que nos acompañe a comer. Oye, invítalo tú.

—Lo haré, y con mucho gusto. Pero ¿cómo sabes que es Cal? —inquirió Mary acercándose a la ventana.

—Conozco la andadura de su caballo.

La señorita Stockwell tendió la vista hacia el frente de la casa, y luego miró en dirección al camino que conducía al corral. Vio a un jinete inclinado sobre la portada, tratando de abrirla. Cuando se incorporó, reconoció a Cal. Tenía la cara ensangrentada. Y la ropa llena de manchas de barro.

—¡Oh, querida! —exclamó alarmada.

Georgiana acudió a escape, asomándose también a la ventana. Pero no alcanzó a ver lo que su hermana, porque Cal estaba en ese momento vuelto de espaldas, y semioculto por la valla del corral.

—¿Qué pasa? —le preguntó.


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