Código del oeste

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—Cal trae la cara llena de sangre —replicó la maestra, con acento dolorido.

—Ah, ¿eso nada más? —repuso Georgiana, aparentando no tener mayor interés. Y, volviéndose hacia la mesa, comenzó a picotear en las fuentes. Pero, a pesar de su afectada indiferencia, se veía que procedía sin su anterior apetito y buen humor. Fruncía ligeramente el ceño, y en sus ojos había una expresión pensativa. Mary dedujo que su hermana se preocupaba más de lo que quería confesar.

—¿Te parece que vendrá a vemos? —murmuró a poco Georgiana.

—De fijo que no —declaró Mary—. ¿Tan mal le conoces?

—¿A quién? ¿A Cal Thurman? Hija mía, le conozco de frente, de espaldas y de perfil —contestó Georgiana desdeñosamente.

La señorita Stockwell, sin más comentarios, púsose a comer, observando a su hermana con el rabillo del ojo. Georgiana permanecía callada para poder escuchar mejor. Lo que aguardaba, sin embargo, no sucedió. De pronto púsose en pie y fue hacia la puerta trasera, que estaba abierta. Allí, tras atisbar un momento, llamó:

—Cal.

No obtuvo respuesta.


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