Código del oeste
Código del oeste —¡Cal! —repitió—. ¡Oh, ya le veo! ¿Qué ha ocurrido? —Bien poca cosa— respondió él secamente desde el patio.
—Está cubierto de sangre.
—Nop. La vista la engaña. Esto no es más que fango húmedo.
—¡Ande! ¿Cree que lo voy a creer? —añadió la muchacha en tono de irrisión—. ¿Qué le ha pasado? —Nada… Que choqué con algo y rodé por el suelo.
—¡DÃgamelo! —ordenó impaciente Georgiana. Y como el otro no le hiciera caso, salió al porche, donde agregó—: Cal, hágame el favor de venir.
—¿Qué quiere? —gruñó él, sin moverse.
—Como no venga, iré yo —le amenazó.
En esto apareció Mary en el hueco de la puerta, y notó que el mozo se dirigÃa hacia el porche, manteniendo contra una de sus mejillas un pañuelo ensangrentado.
—¡Vaya con la facha que trae! —prosiguió Georgiana, mientras el muchacho ascendÃa los peldaños—. ¡Cal Thurman, usted ha andado otra vez a trastazos con alguien!
—¿Eso es todo lo que tiene que decirme? —inquirió Cal con sarcasmo, mirándola enfurruñado y con los ojos lanzando chispas.