Código del oeste

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VII

C al escuchó con mansedumbre el sermón que le echó Tuck Merry. Se daba cuenta de que se había precipitado, confiando demasiado pronto en la experiencia tan caramente conquistada en sus diarias prácticas pugilísticas.

—Compadre —le decía el maestro—, hubiera hecho pedazos a ese mamarracho si no hubiera perdido la sangre fría olvidándose de las reglas. En cuanto el otro le atizó un sopapo en las narices y le hizo pupa, se le fue el santo al cielo. Con todo, usted le dio tanto como recibió. Pero no quedé satisfecho. Usted se olvidó de los ganchos que he estado tratando de enseñarle. No importa donde le peguen a uno, ni que lo lastimen o no; hay que tragar saliva, conservar la calma… y sonreír.

—¡Oh, Tuck, eso es imposible! —exclamó Cal—. ¿Quién va a sonreír cuando le hacen un daño atroz? ¡Vamos! Si cada vez que usted me aplica lo que llama el «hurgonazo a la nariz», el «matraqueo a los dientes», o el «zambombazo a la barriga», siento ganas de gritar como un desesperado y de convertirme en asesino.



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