Código del oeste
Código del oeste —Compadre, me tiene sin cuidado lo que duela… ¡hay que ocultarlo! —prosiguió Tuck—. Cuando un tipo ve, o cree, que no puede hacerle suficiente daño a uno, ya está batido. Pero usted se va desenvolviendo bastante bien, hasta el punto de que no temerÃa enfrentarlo contra cualquiera de los muchachos. Tiene buen puño, créame, y tan pronto aprenda a colocarlo donde quiera, y mejore su juego de piernas, podrá zurrar a Tim o a Wess, dejándoles hechos trizas.
—Tuck, será una gran diversión el sacudirles el polvo —dijo Cal riendo socarronamente—. Pero quiero que sepa que mi mayor ambición, por ahora, es habérmelas con Bid Hatfield.
—Vamos despacio, compadre. Ésas son palabras mayores —replicó Merry, con seriedad—. Ese tÃo le lleva veinte libras de ventaja, que no es un grano de anÃs, cuando el otro no es manco. Es más viejo, además: más hecho. Hatfield, a mi modo de ver, es un mal cliente peleando a lo bruto. Porque no me parece que boxee como Dios manda, ni mucho menos. La gentuza de esa clase no entiende de reglas: atropella como bestias y se lo lleva todo por delante. Para ellos, la cuestión es ganar, sea como sea, limpio o sucio. Y dudo que usted, con menos peso, menos agresividad, y todavÃa poco práctico como boxeador, pueda dominarlo. De ése me encargaré yo de descomponerle los hermosos morros.