Código del oeste

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—Tuck, voy a probar en cuanto usted me lo consienta —contestó Cal—. Cada vez que nos encontramos, me mira con desprecio o dice algo. Y después, si me sale mal la prueba, será el turno de usted.

—¡Oh, le aseguro que ganas de pelear no me faltan! —manifestó Tuck—. Aquí me he estado más de tres semanas con un millón de oportunidades de romperles las narices a algunos de esos fachendosos vaqueros de Arizona, y… ¡nada hasta ahora! Mi buen humor natural se me va a agriar si no me hace usted pronto el guiño convenido.

Maestro y discípulo habían estado en su escondrijo secreto, entre los matorrales, donde tenían los guantes de boxeo y la bolsa de arena para las prácticas. Allí iban casi todos los días para entregarse a sus duros ejercicios. Desde el principio, Tuck quedó muy satisfecho del modo como podía Cal habérselas con el pesado saco de arena. Pero si por ese lado marchaban bien las cosas, era distinto el progreso del muchacho en lo referente a las fintas, quiebros del cuerpo y demás artimañas del arte. Cal tenía una marcada propensión a echarse ciegamente sobre el adversario, disparando trompadas a diestro y siniestro, y entonces Tuck, para detenerlo y corregirlo, se veía precisado a colocarle algunos golpes netos, rápidos y dolorosos.


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