Código del oeste
Código del oeste Ambos se separaron en la puerta del huerto, marchando Tuck por la senda que conducía al aserradero, y yendo Cal hacia la dehesa, en busca de un caballo. Todos los caballos, excepto el suyo, habían sido llevados al corral, y el que había quedado en la pradera era el favorito del muchacho, su pinto Blazes. Últimamente se había aficionado mucho a este animal, que era un potro medio cerril, por la razón, sin duda, de que Georgiana lo prefería a todas las demás bestias del rancho de los Thurman. En realidad, Blazes era demasiado brioso y peligroso para que lo montara una mujer poco ducha en equitación. Esta circunstancia, sin embargo, había decidido a Georgiana a querer cabalgarlo con preferencia a ningún otro. Ya dos veces había andado en él. La primera, todo salió a pedir de boca, y la novel amazona no cabía en sí de gozo; pero a la segunda, fue a dar con sus huesos en tierra, despedida de la silla violentamente. En vista de ello, Cal juró no permitirle que probara de nuevo, y aunque parezca extraño, su resistencia nacía, no tanto del temor de que ella pudiera lastimarse, sino del hecho de que sus insistentes ruegos le producían a él una satisfacción extraordinaria. Además, Blazes había repentinamente conquistado singular estimación entre los muchachos. Antes de la llegada de Georgiana no hubiera podido vender al potro por ningún precio, ni siquiera cambiarlo por el mustang más insignificante; mientras que ahora constantemente recibía ofertas tentadoras.