Código del oeste
Código del oeste Al aproximarse a la alta valla, quedó sorprendido y un tanto desconcertado, porque divisó a Georgiana a horcajadas sobre la parte superior de la cerca. Llevaba puesto el traje de montar, un viejo sombrero alado y un gran pañuelo rojo, a guisa de corbata. Una mirada le bastó para convencerle de que le estaba acechando. El corazón le latió, primero apresuradamente, y luego pareció que se le paralizaba en el pecho. Por espacio de tres días (desde que vino a casa con la cara lastimada) la chica se le había mostrado excepcionalmente amable y amistosa. Tal conducta le movía a él a aparentar indiferencia y alejamiento, pero como éstos distaban mucho de ser sinceros, temía que la inteligente muchacha lo descubriera.
—¡Hola, Cal! ¿Cómo le va? —dijo Georgie remedando el hablar de la gente del Tonto—. Estoy segura de que esta mañana me ha adivinado el pensamiento.
—¿De veras? Pues habrá sido sin querer —contestóle, deteniéndose ante ella, cautivado por el espectáculo que ofrecía, subida picarescamente sobre la valla y en una postura que a la par le seducía y apenaba. No sólo aparentaba la joven hallarse de excelente humor, sino que se le notaba una animación desbordante y franca.
—Cal, es usted un encanto, por haber traído a Blazes para que pasee yo con él —dijo sonriendo con singular dulzura.