Código del oeste
Código del oeste —Pero yo no he hecho nada semejante —protestó Cal con sequedad.
—¿No va a ir al cañón del Tonto? —inquirió.
—¿Quién se lo ha dicho?
—Su papá. Me dijo que había mandado a ver si había algún ganado del lado de acá de la sierra; y al enterarse de que yo tengo ganas locas de ver esa parte del Tonto, me autorizó para que fuera en compañía de usted.
—¡Oh! ¿Sí? Bueno; pues con autorización o sin ella, no pienso llevarla —replicó Cal mirándola fríamente. La perspectiva de tal paseo le agradaba por demás, aunque la caminata era larga y dura. Le sobrecogía y le tentaba con sutil atractivo. Pero temía… Sin embargo, como su resistencia era más aparente que real, acabaría por ceder.
—Cal, por favor, lléveme —imploró ella melosamente.
—No puede ser; es inútil —contestóle rehuyendo la suplicante mirada de los dulces ojos. Siempre que ella le suplicaba de aquella manera, el infeliz enamorado sentía que tenía que complacerla, fuera en lo que fuese, y que lo hacía de todo corazón, como la cosa más placentera del mundo. Pero amargamente desconfiaba de aquella tierna mirada, que no era para él solo.
—¡Oh, Cal!, ¿por qué no?