Código del oeste
Código del oeste —El camino es largo y pesado. No es excursión para un novicio.
—Pero siempre seré novicia si no me da oportunidad de ejercitarme —protestó.
Cal no estuvo sordo al sutil contenido de esta frase (a la que Georgiana quiso dar doble sentido), y experimentó la dolorosa sensación de que, fuera sincera o no, aquella mujer poseía la extraña facultad de dominarlo.
—Georgiana, ¿por qué no es franca y leal conmigo? —le preguntó con acento lastimero.
—Hombre, Cal… no puedo ser más franca.
—Usted lo que realmente quiere es montar en Blazes. Si no fuera por eso, les pediría a los otros muchachos que la acompañaran al Tonto… y que la hicieran un buen jinete.
—Cal, yo preferiría su compañía a cualquiera otra, e ir con usted a todas partes, si… se decidiera…
—¿A qué? —le interrumpió bruscamente, volviendo a mirarla.
—Bueno… para ser franca como me pide… si se conformara con que fuésemos buenos camaradas y se dejara de gachas.
—¿Eso quiere decir… dejar de hacerle la corte? —la interrogó ceñudo.