Código del oeste
Código del oeste La respuesta fue un afirmativo movimiento de cabeza, hecho con mucha gravedad. Pero Cal sabÃa harto bien que aquella endiablada chiquilla era tan voltaria como el viento.
—Ya lo he dejado —declaró.
—SÃ… eso… y todo lo demás. Ni se acuerda de que existo. Con usted, Cal Thurman, es o todo o nada.
—¡Efectivamente! Ahora sà que acertó —suspiró con profundo desaliento.
—Cal, déme tiempo y ocasión para aprender a quererle, ¿quiere? —manifestó la muchacha cambiando rápidamente de tono—. Nunca me he visto tan asediada por ningún pretendiente. Usted lo toma demasiado en serio… Y a mà me agrada divertirme un poco.
Éste fue uno de los frecuentes casos en que Georgiana le sorprendÃa con manifestaciones aparentemente espontáneas. Era práctica, y, a pesar de todo, casi una niña. Cal se sintió preso entre las garras de su melancólico sufrimiento, que le impedÃa ser razonable. Presintió lo que le aguardaba en lo futuro, y no quiso mostrarse satisfecho ni esperanzado.
—Si no le gusto ahora, nunca le gustaré —respondió con acento resignado—. Eso me temo.
—En cuanto a gustarme… ¿por qué no? Y digo gustarme… por no emplear otra palabra más comprometedora.