Código del oeste
Código del oeste Cal se sintió perdido; sin embargo, tuvo suficiente fuerza de voluntad para disimular. Sin añadir otra palabra, ni mirarla, cogió a Blazes por el ronzal y echó a andar camino del cobertizo, donde estaban los arreos.
—¿Prefiere que le odie? —le gritó entonces ella con vehemencia.
—Sí…, si lo otro no es posible —fue su contestación. Cuando Cal llegó a la puerta del corral, allí estaba Georgiana, esperándole, tal vez un poco pálida.
—Cal —le dijo—, usted sabe que Tim se pondría loco de contento si yo fuera con él.
—Eso lo sé de sobra.
—Bueno, pues iré si usted no me lleva. Y conste que nunca le he pedido nada, ni a él ni a ninguno de los muchachos… excepto a usted. Porque siempre le he preferido.
—¡Georgie! —exclamó desesperado—. ¡Si pudiera creerla…!
—Se lo probaré. Vaya usted en Blazes y déme a mí el peor penco que haya en el rancho.
Cal no pudo resistir más. Las últimas palabras de la joven, unidas al hecho de presentarse en ese instante Tim con un mustang ensillado, determinaron su rendición definitiva.