Código del oeste
Código del oeste —Ha ganado la partida, Georgie, y la dejaré cabalgar en Blazes —dijo entregándole el ramal del cabestro y partiendo hacia el cobertizo para traer la silla.
—Buenos días, Cal. Cualquiera diría que has ganado el primer premio en un rodeo —le saludó Tim maliciosamente.
—Hola, Tim —fue la breve respuesta de Cal, quien oyó al otro dirigirse a la muchacha.
—Buenos días, señorita Georgie. Presumo que hoy me tocará acompañarla.
—«Presuma» de nuevo, Tim, a ver si acierta —respondió Georgiana.
Cal aguzó el oído, tratando de escuchar más de la conversación, pero sólo llegó a sus oídos el rumor del viento, y cuando, ya junto adonde estaba colgada la silla, se volvió para mirar, vio a Tim inclinado muy próximo a Georgiana, evidentemente incapaz de comprender que su ofrecimiento era rechazado.
Cal eligió la silla más liviana, y volviendo con ella al lado de Blazes, la colocó sobre el lomo del animal y ajustó la cincha.
—Bueno, me alegro de veras de ir esta mañana a recorrer por el lado del Tonto —decía Tim.
—No —le corrigió Cal—; tú tienes que ir por la parte de la serranía de Mezcal. Padre dijo que hoy te tocaba ese recorrido. Y si te empeñas en acompañarme, se lo diré.