Código del oeste
Código del oeste Tim se volvió bruscamente, exclamando:
—Oye, tú, chiquillo: ¿quieres que te magulle el otro lado de la cara? Eso que has dicho es una ofensa que no voy a aguantarte.
—¡Ajú! —respondió Cal con acritud.
Tim miró al muchacho con manifiesta belicosidad, y de fijo hubiera habido gresca si Georgiana no se hubiera interpuesto entre los dos, diciendo, risueña:
—Vamos, vamos… ¡parece mentira! Me aburren ustedes con sus baladronadas. El mejor día les hago dejarse de tanta música y van a tener que pelear de veras.
—Bien, señorita Georgie: ese día oirá nada más que dos golpes… uno, el que le pegue yo a Cal, y el otro, el que dé él contra el suelo… Espero que tengan un paseo agradable, pero apostaría a que Blazes derriba hoy a alguien. Tiene mala traza y detesta el andar entre los matorrales. —Con este tiro final, y después de acomodarse cuidadosamente el sombrero, se alejó Tim.
—Cal, eso que ha dicho Tim fue por burlarse, ¿no? —preguntó Georgiana, dubitativa.
—Me parece que sí. Blazes no puede estar más tranquilo esta mañana. Acarícielo un poco, déle unos terrones de azúcar y sáquelo a donde haya hierba alta. Así, si llegara a tirarla, caerá en blando. Voy a buscar mi caballo.