Código del oeste
Código del oeste —¿De veras? ¡Anda! Ojalá sea cierto. Bien sabe Dios que hago todo lo que puedo. Pero ninguno de los muchachos tiene un caballo como Blazes. En él me siento muy cómoda.
—Blazes tiene una andadura muy suave —repuso Cal. Tuvo en la punta de la lengua el decirle que había decidido regalárselo, pero como ya otras veces había sufrido a causa de su impulsividad, prefirió meditar algo más el asunto—. Va a ser un día bastante duro para usted este de hoy, Georgie, y necesitará tomar algún refrigerio.
—Ya he pensado en eso… y me he provisto de víveres… para los dos —respondió.
—¡Ajú! De modo, que estaba segura de hacer la excursión, ¿verdad?
—Por supuesto… Sabía que me iba a llevar con usted. Nunca me ha rehusado nada, ni siquiera cuando me he portado mal.
—No confíe demasiado en eso —le advirtió él con sobriedad—. Bueno, vaya hasta la entrada de la dehesa, que yo la alcanzaré. Déle de beber a Blazes… Y oiga: ¿dónde dejó los víveres?
—En una alforja, que colgué en la puerta del corral. No los olvide.