Código del oeste

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Al dar vuelta ella, con un ligero grito de entusiasmo y placer, para incitar al fogoso pinto, Cal la observaba con ojo crítico. Ciertamente que hacía progresos. Se mantenía admirablemente en la silla con soltura y elegancia. Llegada a la cerca, volvió riendas y dejó ir a Blazes. Cal se sintió entonces incapaz de observarla como maestro: la observación crítica se tornó en admiración rendida. La contemplaba con intenso gozo, absorto en el bello espectáculo. Blazes corría muy velozmente, y a ese paso era fácil de cabalgar. Los dorados rizos de la linda amazona flotaban a merced del viento, brillando a la luz del sol. Al acercarse a Cal, éste vio la cara de ella transfigurada, con una expresión nueva, de singular delicia, y el enamorado mozo sintió que todo su ser se sacudía a impulso de la emoción. Había descubierto un modo de tenerla contenta. Blazes fue acortando la rapidez de la carrera, hasta pararse en firme, y Cal se fijó en que era la proximidad de la cerca lo que había detenido al animal, más que la mano de la atrevida muchacha.

—¡Oh…, esto es… magnífico!, —gorjeó Georgiana, radiante y desgreñada—. ¿Por qué no me dejó… antes… correr así?

—Está aprendiendo a cabalgar muy bien, Georgie —contestó él, contagiado por su alegría—. Ha progresado mucho desde la última vez que pasearnos a caballo juntos.


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