Código del oeste

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Las pullas de esta clase se le hacían al muchacho muy duras de soportar. Sus primos y demás camaradas se las lanzaban sin el menor propósito de ofenderle, y cualquiera de ellos hubiera en el acto salido en defensa de la joven, si alguien osara insultarla; pero la insinuación bastó para despertar en el corazón de Cal la furia de los celos. Pensó que aquellas palabras (y otras análogas, que oía con frecuencia) redundaban en desdoro de su amada, haciéndola aparecer liviana y coqueta… y se sintió lastimado. Pero ¿no estaban justificados por la realidad de las cosas, los que así procedían? La dura convicción de este hecho innegable empezaba a convertirse en intolerable tortura. Cal se mordió la lengua para no replicarle a Wess, salió del corral, se encaminó a la dehesa y echando por la senda que existía a lo largo de la cerca, pronto llegó a la entrada donde Georgiana le estaba esperando.

—Vamos —exclamó la joven alegremente.

—¿Se atreve a confiarme la alforja con las provisiones? —interrogó él en chanza, mientras se inclinaba un poco para abrir la puerta.

—Cal, yo se lo confiaría todo.

—¿Aun usted misma?


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