Código del oeste

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El camino conducía hasta las colinas a lo largo de una empinada barranca llena de matorrales y rocas. Achaparradas encinas y breñales de «manzanita» bordeaban la senda, invadiéndola en muchos lugares. Esquivar la cabeza y los hombros, para evitar el ser golpeado por las ramas, era cosa facilísima y natural para Cal, quien observó con satisfacción que Georgiana había aprendido en seguida a imitar sus movimientos. Era la primera vez que la joven emprendía una excursión tan larga por sitios verdaderamente fragosos y difíciles de atravesar; pero su cara sólo expresaba animación y atrevimiento. A Cal se le ocurrió pensar si habría algún medio de asustarla o de impresionarla, y le entraron ganas de probarlo. Esto, sin embargo, como otras cosas, sería mejor dejarlo para más adelante.

De allí a poco, la barranca se ensanchaba considerablemente y la senda llevaba hasta el pedregoso lecho de un arroyo. Los caballos bebieron y luego chapalearon en la corriente, haciendo crujir los guijarros sueltos y resbalando en las lajas. Siguiendo el curso del agua, pasaron por bancos de arena y grava y vadearon remansos donde algunas truchas flotaban inmóviles. Más allá, las colinas aumentaban de tamaño, y la más lejana que alcanzaba a verse asumía las proporciones de una montaña, con inmensas laderas verdes, salpicadas de manchas rocosas, grises y rojas, y, aquí y allá, riscos amarillos.


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