Código del oeste

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Al doblar un recodo, los jinetes penetraron en un bosque de sicómoros, verde, rojo y blanco, a cuya sombra la luz tenía un peculiar tinte ambarino. Las primeras escarchas habían tocado ya aquel follaje, y el suelo estaba tapizado de hojas doradas. Una vez, Cal se volvió de la silla, con intento de preguntarle a Georgiana si le gustaba aquel lugar. Pero la pregunta hubiera sido superflua. El rostro de la joven estaba transfigurado de entusiasta admiración. Cal deseaba ardientemente que ella se aficionase al país, y ahora le pareció que había mucha posibilidad de conseguirlo. No quiso sacarla de su arrobamiento hasta que divisó una bandada de pavos silvestres que atravesaban una quebrada a poca distancia de donde ellos estaban.

—¡Qué! ¿Pavos silvestres? ¡Hombre, pero son mansos! —exclamó la muchacha.

—Seguro que son mansos… hasta cierto punto…; pero no por ello dejan de ser silvestres —explicó él riendo.

—¿Son como el que tuvimos para cenar el domingo pasado?

—¡Ajú! Y me fijé que usted le hizo muy bien los honores.


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