Código del oeste
Código del oeste —Pues asà es. Y conste, Georgie, que, en realidad, ese terreno es más áspero de lo que parece; pero, al propio tiempo, es mejor para el ganado de lo que pudiera uno suponer. En los cañones hay agua abundante, y esas manchas grises, que se dijeran de suelo pelado, están cubiertas de buenos pastos. Mire. FÃjese en ese toro viejo, cariblanco, que nos están mirando desde allá abajo. Y algo más hacia los matorrales, vea tres novillos juntos. Georgie, para eso recorro yo estos andurriales…, para enterarme de dónde están nuestras reses. Andan esparcidas por todas partes, y se requiere mucho buscar y rebuscar para hallarlas. Y cuando se trata de juntar todo el rebaño…, bueno…, entonces sà que es, como usted dice, «¡buenas noches!». Georgiana dirigÃa la vista por doquiera, menos por los sitios debidos, y en cada caso tenÃa Cal que enseñarle dónde estaban los diferentes animales que iban encontrando. Al muchacho le placÃa ver el interés que demostraba ella.
—¡Qué cosa más particular! —exclamaba la joven—. Unos cuantos puntos blancos… y son cabezas de ganado… en una región tan quebrada y tremenda. ¡Es tan distinto de lo que me habÃa imaginado! Yo suponÃa que un rancho ganadero tenÃa que ser una gran llanura verde poblada de vacas, terneros… y los demás individuos de la familia. ¡Alalá! ¡Pues sà que hace falta coraje para ser vaquero…! ¿No le parece?