Código del oeste
Código del oeste Dos horas de continuo cabalgar, casi constantemente por sendas roqueñas, condujeron a Cal y a su compañera hasta la línea divisoria. Allí empezaban las dilatadas extensiones de desnudos altozanos y las embocaduras de los cañones, que, inclinándose interminablemente hacia abajo, iban haciéndose cada vez más ásperos, más profundos y pedregosos, hasta desembocar abruptamente en la negra sima del Tonto.
—¡Oh, qué árido y salvaje es esto! —exclamó Georgiana—. Yo esperaba encontrarlo todo verde, porque usted me había dicho que eran campos de crianza para el ganado. No existe hierba alguna…, no hay nada llano…, todo parece terriblemente fragoso. De seguro que no podremos andar por ahí a caballo. ¿No es cierto?
—¡Vaya que sí! —respondió Cal—. La cosa no resulta fácil, ni mucho menos; pero el ganado vive metido entre esos cañones, y ahí tenemos que buscarlo, enlazarlo y marcarlo.
—¡No…!