Código del oeste
Código del oeste Después, con un extraño y profético latido del corazón, Cal le pidió que mirara el hermoso paisaje que ofrecía desde allí el rancho de Green Valley, espléndidamente iluminado por la luz solar, y le llamó la atención hacia la columna de humo azulado que se desprendía en amplias espirales de la casa principal; hacia los manzanares, con sus rojos frutos; hacia el blanco y tortuoso camino, que, después de pasar junto al viejo aserradero, desaparecía a lo lejos, entre los poblados bosques de corpulentos árboles maderables… Le enseñó la pequeña mancha oscura que era el edificio de la escuela donde estaba en aquel momento Mary con sus discípulos, la brillante cinta de agua que constituía la corriente del Tonto, y, por último, las arbóreas ondulaciones que se extendían hasta la alterosa Ceja, que se destacaba imponente, con sus peñascos dorados y sus oscuras crestas, cualesquiera que ellas fuesen: Pero la espera resultó inútil. Esta vez Georgiana no tuvo prisa para exteriorizar sus sentimientos, pues permaneció completamente callada. Y tal omisión le satisfizo más a Cal que si la muchacha hubiera prorrumpido en entusiastas exclamaciones.