Código del oeste

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Ostentaba varias huellas negras, dejadas en su cara por los latigazos de las malezas, y en la barbilla tenía un sangriento arañazo. Se había echado el sombrero para atrás, y por debajo del ala se escapaban los dorados rizos del enmarañado cabello. El botón superior de la blusa había sido arrancado, dejando al descubierto parte del cuello, en algunos sitios moreno, y en otros, inmaculadamente blanco. Las mangas mostraban varias desgarraduras. En conjunto, tenía un aspecto bastante maltrecho, toda desgreñada y descompuesta. Cal la miró fijamente. Advirtió que el semblante le resplandecía, brillándole los ojos de un modo singular. Luego, apartando la vista, le dijo con cierta torpeza, producida por la emoción que le embargaba:

—Se ha portado… muy bien. Y le aseguro que su proeza no la repite cualquier novicio.

—Entonces, ¿puedo considerarme como jinete consumado?

—Bueno; tal vez no tanto, pero ha avanzado por lo menos un grado… Georgie, ¿le ha gustado esta caminata tan larga y difícil?

—Cal, acaso no me crea —contestó ella con impulsiva seriedad—; pero así es como entiendo yo lo que es pasar un rato delicioso.


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