Código del oeste
Código del oeste La última parte de la ascensión era la más extensa, y el caballo de Cal, habiendo entrado en calor, la recorrió muy adelantado al de Georgiana. Cuando, desde la cumbre, miró él hacia abajo, la vio emergiendo de una muralla de verdura para entrar en el último tramo de la senda, que era recto. Agitó ella la mano cubierta por el guante, y hasta arriba llegó su gozoso llamamiento, hecho con voz clara y sonora. Cal la observaba atentamente, mientras subía ella el resto de la distancia que los separaba, y tuvo el presentimiento de que algo muy trascendental se estaba decidiendo en aquel instante. El momento parecía crítico, y la gran ladera gris y verde sólo contenía, para Cal, la graciosa figura de la muchacha, que se iba aproximando cada vez más.
Por fin se reunieron.
—¡Un poco molida… mas todavía con mucho ánimo! —exclamó jadeante pero alegre.