Código del oeste
Código del oeste La muchacha tomó un aire pensativo y abarcó con la mirada todo el contorno, desde el comienzo de los cañones, donde pacía el ganado, hasta la más apartada lejanía, de profundos abismos, por donde luego se deslizaba el Tonto. Sus ojos contemplaron la inmensa mole negruzca del Peñón del Diamante y la vasta línea de alturas, que se perdían de vista, en dirección a la Hoya. Esta escena siempre atraía a Cal por su admirable grandeza. La miraba siempre con el mismo gusto, a pesar de haberla visto infinitas veces, en toda clase de condiciones atmosféricas y a todas las horas del día. Lo salvaje y solitario de todo aquello sólo era igualado por su tremenda escabrosidad. Sin embargo, algunos serrijones presentaban contornos graciosos, de líneas suaves, realmente bellas. Pero, por lo general, se mostraban por doquier las desnudas costillas de la tierra, con algún ligero toque de verdura que mal cubría escasas porciones de la inmensa desnudez. Llovía muy raramente por allí —tal cual lluvia en todo el año, y años había en que no llovía absolutamente nada—, y el agua se precipitaba por las cuestas con tanta rapidez, que nunca refrescaba bastante el suelo. La acción corrosiva de esas pocas lluvias descarnaba las capas superficiales del terreno. Por todas partes había barrancos excavados en las pendientes, dejando al descubierto la amarilla tierra y la roja roca, y los barrancos se hacían más anchos y hondos a medida que se iban aproximando a los cañones. El sol brillaba con deslumbradora intensidad, y el cielo lucía espléndidamente azul, sin una nube. El aire traía el hálito del desierto. Verdaderamente, era una vasta área dominada por el sol. En todos los lugares descubiertos imperaban los verdegrises cactos de múltiples espinas, y el mezcal, planta típica de las regiones áridas caldeadas por los rayos solares.