Código del oeste

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—Si yo fuera hombre, me encantaría esta vida —murmuró Georgiana.

Tal manifestación impresionó tanto a Cal, que tuvo que luchar consigo mismo para no descubrir en el acto su intención de regalarle el pinto Blazes. ¿Qué diría o qué haría ella? Cal tenía miedo de pensarlo. Pero la idea del regalo se le hacía doblemente grata, y apenas podía contenerse en sus propósitos de guardar silencio sobre ese punto.

—Bien, Georgiana —dijo por último—, aquí tengo que empezar a trabajar. He de examinar bien los tres cañones, y eso exige mucho andar de un sitio para otro. Pero cuando yo deje la senda, para revisar los infinitos vericuetos donde se refugia el ganado, usted puede detenerse y descansar un rato.

—Déjeme acompañarle a todas partes —le rogó ella.

Nop. Antes de que concluya el día, ya habrá tenido usted demasiado. Además, hay muchos sitios adonde le será imposible de todo punto seguirme. Continuemos, pues.

—Oiga, Cal…, no olvide los magníficos comestibles de que me he provisto.

—¡Ajá! Ya sabía yo que me los recordaría. Pero han de pasar aún varias horas antes de que comamos.

—¿Varias horas…? Mire, amiguito, yo no puedo sustentarme con sólo contemplar el paisaje.


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