Código del oeste

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La atenta mirada de Cal notó que la chica desmontaba con ligeras muestras de derrengadura. Ató él los caballos, y, apoderándose de la alforja con las provisiones, condujo a su compañera hasta una roca plana, protegida por la sombra de un «piñón».

Aquella media hora, durante la cual despacharon el abundante lunch, sin dejar ni una migaja, fue el rato más agradable que jamás había pasado Cal en compañía de Georgiana. Ésta se mostraba circunspecta, nada burlona ni importuna, nada provocativa, ni altiva, ni rara, ni arrogante, ni coqueta, sino lisa y llanamente una joven saludable con espléndido apetito, inconscientemente satisfecha de gozar de la vida y de encontrarse allí, en un sitio maravilloso. Cal temía romper semejante encanto con sus palabras o sus acciones. Sin embargo, acaso si le dijera que se proponía regalarle el pinto acrecentaría el contento de ella y la induciría a mayor efusión y agrado. Instintivamente, no obstante, tenía miedo a provocar una catástrofe.

Por esa causa vacilaba entre su ardiente deseo de ocasionarle un placer y su vago presentimiento de cuál serían los resultados.

—Cal, le veo muy pensativo —observó Georgiana.

¿Le agradaría conocer mis pensamientos?

Y ella, tras dirigirle una fugaz mirada de inteligencia, contestó, sacudiendo la cabeza, dubitativa:


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