Código del oeste
Código del oeste Cal, en silencio, clavó la vista en las profundidades del cañón. Aquellas palabras le molestaban. Las encontraba petulantes e impertinentes. Aunque le sonaban un tanto falsas. Seguramente, la atolondrada charlatana no sabía lo que estaba diciendo. No acertaba él a razonar su convicción, pero sentía que era verdadera. ¿Cuánto tiempo haría que el cañón del Tonto exponía allí sus dilatadas fauces, abiertas en ciclópeo bostezo, bajo el brillante azul del cielo durante el día, y cubierto por el negro manto de las tinieblas durante la noche? ¿Cuántas razas de seres humanos habían aparecido y muerto desde que se produjo en la corteza terrestre aquel formidable desgarrón? Los tiempos mudaban; la gente cambiaba con ellos; pero las relaciones fundamentales entre hombre y mujer jamás cambiarían.
—Lamentaría que mis ideas puedan haberle molestado —resumió Georgiana al verle tan abstraído—. Cal, quizá no soy tan perversa como parezco.
—En mi opinión, usted es una persona corriente —contestó Cal con brevedad—. Bueno, si queremos estar en el rancho para la puesta del sol, tendremos que darnos prisa.