Código del oeste
Código del oeste Después de meditar largo rato, Cal le replicó:
—Georgie, no entiendo sus teorÃas, y no deseo que discutamos sobre ellas. Pero sà diré esto: Sé positivamente que las cosas que menciona no son las más trascendentales de la vida. Si las jóvenes de su clase piensan todas de ese modo, va a ser un gran mal para lo futuro. Las mujeres han nacido para formar hogares.
—¡Oigan a éste! —exclamó Georgiana—. ¡Formar hogares…! SÃ…, para comodidad y placer de los señores de la creación…, ¡para los hombres! Cal, ésa es la música antigua, el viejo y desacreditado argumento de todos ustedes…, ¡pura pamplina!
—¿Pamplina? —repitió Cal como un eco, repentinamente excitado—. De ninguna manera. Todo el mundo necesita su hogar, o… si no… Mire, Georgie, todos los animales salvajes poseen madrigueras, guaridas, cuevas, nidos…, hogares, en fin. Y viven con sus compañeras. Para ellos, ésa es la suprema aspiración, el fin exclusivo de su existencia. Ahora bien, si ustedes las mujeres…, las mujeres nuevas…, no aspiran a constituir hogares en compañÃa de hombres, ¿qué va a ser de nosotros?
—A mÃ, «que me registren», Cal —repuso ella riendo alegremente—. Tendrán que irse de homestead, lo mismo que va a hacer usted.