Código del oeste
Código del oeste —Hace tiempo, Georgie, tuve mis tentaciones —contestó vagamente—. Muchos muchachos van a las ciudades, y ninguno de los que he conocido logró prosperar en nada. Yo amo el campo abierto…, los lugares solitarios. Mis ascendientes fueron todos pioneros, exploradores y colonizadores. Lo tengo en la sangre. Y (permÃtame que se lo diga, Georgie) el pionero, el colono, el ranchero, el campesino, son, a mis ojos, los verdaderos americanos. Nunca hubieran existido las ciudades, con sus grandes industriales y opulentos comerciantes, si antes los pioneros no hubieran abierto los caminos y dominado las inmensas extensiones salvajes.
—Cal, eso es muy altisonante y muy serio…, y, en cierto modo, me hace sentir pequeña, atolondrada, egoÃsta. Mary también habla asà algunas veces… ¡Oh, yo he nacido en una época equivocada, para ser mujer! No sirvo para maldita la cosa.
—¡Por amor de Dios, Georgie! No diga tonterÃas —protestó él.
—Cal, yo soy lo que se ha dado en llamar «la muchacha siglo XX», la flapper[4] moderna —respondió Georgiana con un dejo de amargura—. Somos de un tipo muy peculiar, en opinión de cierta gente. No admitimos la autoridad de nadie. Hacemos lo que nos da la gana. Desafiamos todos los convencionalismos. Queremos conducirnos igual que los hombres. Amamos y practicamos la libertad, en su sentido más amplio y absoluto.