Código del oeste
Código del oeste El momento rebosaba de alegrÃa y de pena para Cal. Algo se habÃa decidido en su destino. Y nunca le pareció el Tonto tan lleno de paz y de promesas, ni tan triste y solitario, tan tremendo, con su misterioso significado de las edades pretéritas.
—Georgie, desde hoy Blazes no me pertenecerá —dijo con los ojos fijos en ella.
—¿Por qué?, —quiso saber, rápida como un relámpago.
—Porque… se lo regalo.
Georgiana le contempló, muda. Se requirió el espacio de un segundo para que penetrara en su cerebro aquel hecho tan inesperado. Abrió los ojos desmesuradamente, casi sin aliento.
—Asà es; Blazes… con silla, manta y brida…, es suyo desde este instante.
—¡Oh Cal! ¿MÃo? —gritó extasiada.
—Ciertamente —respondió Cal con un ligero estremecimiento.
El rostro de la muchacha se habÃa transfigurado. Si él esperaba verla contenta, su imaginación se quedó corta. SonreÃa ella con expresión de inefable delicia: la cara toda irradiaba el más intenso placer, la satisfacción más grande y completa. Y mientras él la admiraba, complacido, absorto en su belleza, notó que de pronto palidecÃa en grado singular el rosa dorado de las radiantes mejillas.