Código del oeste
Código del oeste —¡Alma mÃa! —profirió Georgiana de súbito, inclinándose rápidamente y besándole en plena boca.
Cal recibió un golpe terrible. Todo en torno suyo parecÃa dar vueltas, y el corazón le latÃa con fuerza tan inusitada, que le hacÃa daño. Poco a poco, sin embargo, el verde dosel del amistoso «piñón» fue recobrando su aspecto anterior; el Tonto volvió a sus pies, profundo, solitario, salvaje, con sus aguas murmuradoras; y las inmutables rocas semejaron compartir con él algo de vida y eternidad. Georgiana habÃa partido a escape para donde estaban atados los caballos, y Cal la oÃa reÃr y lanzar alegres exclamaciones, junto a su preciado tesoro. Luego, sonaron sus rápidos y leves pasos, viniendo de regreso. Púsose él en pie para recibirla.
—Cal, tengo que confesar que es usted un chico admirable —dijo Georgiana tendiéndole la diestra y acercándose hasta donde estaba él, recostado contra una gruesa rama del «piñón».
Cal, sin decir una palabra, la estrechó entre sus brazos. Ella, por su parte, no sólo no trató de eludir el abrazo, sino que más bien se apoyó contra su cuerpo, alzando la cara, satisfecha, y poniéndole la enguantada manecita sobre un hombro.
—Georgie…, no debió… besarme —balbuceó Cal con voz ronca.